Marcha por la vida: Para nunca olvidar

Por: Ana Sofía NG

Luego de haber pasado por un año de estudio acerca de tan grande atrocidad como lo fue la Shoá y acerca del sufrimiento causado a un pueblo y a distintas minorías, finalmente llegaría el momento de poder ver de cerca todo aquello. Marcha por la Vida, un viaje repleto de sentimientos encontrados, de momentos muy difíciles y otros alegres pero por sobre todo de experiencias únicas y maravillosas.

Nuestra primera llegada sería a Polonia, lugar que desde un principio me transmitió un sentimiento de que la muerte se viviría en primera plana. Un ambiente difícil que probablemente no quedará dentro de mis mejores recuerdos; quizá sea producto de mi predisposición o simplemente porque es lo que éste transmite.

Miércoles 4 de mayo: un día que quedará grabado en mi memoria y en mi vida para siempre. Fue el día en el que visitamos el campo de Majdanek. En este recorrido me sentí completamente conectada con el sufrimiento vivido en este lugar. Este recorrido inició con una ceremonia que nos permitió entrar en el ambiente necesario para vivir esta experiencia. Luego de la ceremonia fuimos al campo donde nos tocaría entrar a la cámara de gas. Al salir de allí la reacción de la mayoría, y no solo refiriéndome a mis amigos sino a todo aquel que entró, fue derramar lágrimas. En mi caso, mi reacción fue otra; lo veía, había entrado, pero mi mente no podía procesar todo lo que veía.

Podría decir que mi respuesta a todas las experiencias vividas en Polonia era el silencio; como si callar y bloquear lo que veía era la única forma de entender lo ocurrido y poder seguir en pie para todo lo que me faltaba por ver. Este recorrido terminó cuando llegamos a la montaña de cenizas donde tuvimos tiempo para reflexionar y prender una vela en memoria de todos aquellos que en este lugar murieron.

En los últimos días en Polonia participamos en la marcha de Auchwitz a Birkenau, donde caminamos sabiendo que nosotros lo haríamos saliendo con vida a diferencia de los miles de personas que realizaron la misma marcha sin conocer su destino o que iban convencidos de que allí morirían.

Por último y diría que el lugar que más me impactó fue el bosque de las fosas comunes. Pararme en las fosas donde mataron a tantos niños me hizo pensar en los miles de futuros acabados por el odio y negación de una persona.

Aterrizar en Israel me produjo una sensación que nunca podré describir. Ese momento en el que puedes ver el fruto de un pueblo, luego de haber pasado por un genocidio. A pesar de todo esto, lograron formar un Estado donde podrían por fin crecer y desarrollar todo lo que tenían para ofrecerle al mundo.

Una de las cosas que más me impactó y gustó en Israel es la diversidad. Pudimos apreciar tantas culturas e ideologías muy distintas unas de otras conviviendo sin problema alguno.

En definitiva las emociones encontradas en Polonia hacen un choque total con las de Israel. Este pequeño país me llenó de alegrías, risas e historias únicas con mis amigos que estoy segura ninguno olvidará jamás. El día que más disfruté en Israel fue el de la marcha al Kotel. Se sentía y se vivía la alegría y el orgullo por lo que tanto habían luchado por tener.

Este viaje marcó y cambió mi vida para siempre. Nunca olvidaré ni un mínimo detalle del mismo. Pero por sobre todas las cosas agradezco las grandes y enriquecedoras enseñanzas que me ha dejado. Ha sido una experiencia definitivamente maravillosa que me hizo crecer como persona.

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